domingo, 26 de agosto de 2012

Presidenta, deme diez panes


No entiendo cómo alguien puede lanzarse a presidente de un país sabiendo que no tiene chance. ¿O es que acaso no lo saben? Más allá del dinero que pueden gastar en una campaña, el cual se sabe que es una cantidad considerable, ¿será que no le temen al ridículo? Un amigo me decía que ellos no saben que están haciendo el ridículo. No sé, pero si una persona ni siquiera sabe cuándo está haciendo el ridículo, no creo que sea una buena opción a considerar para ser el dirigente de un país.

En realidad la política no me importa mucho, pues la mayoría de los políticos son unas ratas que solo piensan en su enriquecimiento personal y les vale nada lo que pase en el país, sobre todo en un país como este donde puedes convencer a la mayoría con comida barata o regalada, total, barriga llena, corazón contento, ¿no? Espero que toda esa comida los ayude a calmar la tristeza de tener que salir a la calle a ligar que un malandro ni te mate ni te robe. Pero bueno, la pelota de la inseguridad está más que rodada y no venía a hablar precisamente de eso acá, sino de gente como María Bolívar.

Ay dios, si son malos.
María Bolívar es dueña de una panadería en La Curva o algo así supe hoy, pues la verdad no me había interesado mucho en esta señora que fue a Globovisión a decir barbaridades que al final nos resultaron graciosas a unos cuantos e imposibles a otros más. Sea cual sea la reacción que haya causado en general, no puedo evitar pensar en el 8 de octubre, cuando los votos sean contados y se diga cuántos obtuvo cada candidato. ¿Cuántos podrá tener esa señora? ¿100, 200? No sé, pero espero que llegue siquiera al 1%, igual que los demás candidatos que he decidido llamar sin chance. Los llamo los sin chance porque son candidatos poco o nada conocidos que, aunque traigan las mejores intenciones, su falta de desenvolvimiento en la farándula política los hace inexistentes para la gente que sale a votar por los que sí llevan chance, es decir, los que llevan más tiempo en la política, dando la cara, hablando y besando niños y viejitas aunque no hayan hecho unceví en ninguna de sus gestiones.

Entonces, pienso en ese 8 de octubre, en esa señora acompañada de su comando de campaña o su familia oyendo los resultados. ¿Se sentirá fracasada por los pocos votos obtenidos o feliz de que personas más allá de sus seres cercanos hayan decidido darle su voto, así haya sido solo for the lulz? Y luego de esto, en su día a día, atendiendo su panadería, ¿soportará las burlas de la gente, llamándola la que llegó detrás de la ambulancia? ¿Cómo puede vivir así una persona, bajo la sombra de un fracaso y un ridículo nacional? No sé, son cosas que siempre he pensado con cada candidato sin chance que he visto, incluso hay algunos que no conozco sino hasta que cuentan los votos o veo el tarjetón y me hacen decir “mi aaaalma, ¿y ese de dónde salió?”, me intereso en ellos durante los 3 segundos que me lleva decir esa frase y luego voto y me voy. Pongo el ejemplo de María Bolívar porque es la que ha formado más revuelo recientemente, hace poco fue Diego Arria y ya casi nadie lo recuerda, pero de seguro lo ven por la calle y se ríen un poco a sus espaldas, recordando su ridículo, o algo así. Lo mismo debe pasar con Claudio Fermín, aunque él me cae muy bien porque tiene una voz muy graciosa. En fin, es una pequeña reflexión, originada por la cosita que me dan estas personas sin chance, sobre todo María Bolívar. Espero poder pasar un día por la panadería Mayami y verla sonriente, lo más probable es que sea así, y pedirle que me venda un choco. Debe ser horrible comprarle un choco a una panadera deprimida.

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