jueves, 16 de agosto de 2012

Del amor y otros gases (II)


El aprendizaje de idiomas me parece una cosa muy curiosa, creo que por eso caí en Letras, por la fascinación que me causaba y me sigue causando el castellano con sus recovecos, trampas y sorpresas. Luego conocí al latín y fue amor a primera vista, pero no un amor de una noche, esto ya es un matrimonio y van como tres años de luna de miel, pero no vengo a hablar solamente de eso, sino de las formas en que un idioma se puede aprender.

Nuestra lengua nativa la aprendimos de nuestra madre, por esto también se le llama lengua materna, y en lingüística suele identificarse como L1, llamándose así L2, L3 y así sucesivamente los demás idiomas que vamos aprendiendo a lo largo de nuestra vida. Ahora, la forma en que aprendemos las demás lenguas no es ni  parecida a la forma en que aprendimos nuestra lengua materna, y si alguno de ustedes ha hecho un curso de idiomas o simplemente vio esas funestas clases de inglés en el colegio puede saber a lo que me refiero. El español, suponiendo que es la lengua materna de todos ustedes, no lo aprendimos escribiendo ni leyendo, sino hablando, y luego aprendimos a leer y escribir; en cambio, el inglés o cualquier otra lengua la aprendemos primero a partir de la lectura y escritura y luego de manejar ciertas palabras o composiciones sencillas, empezamos a perfeccionar la expresión oral. Comprendo que no estoy diciendo nada nuevo, pero ahora les diré adónde voy con todo esto.

Muchas personas me han preguntado por qué estudio el latín si es una lengua muerta, es decir, nadie habla ese idioma. ¿Se han puesto a pensar por qué se dice que una lengua está muerta? Pues se le dice así porque no quedan hablantes de ella, pero con el latín pasa una cosa: en el Vaticano se sigue empleando para ciertas cosas, y en los seminarios se sigue enseñando, entonces no está tan muerta, ¿no? La cosa es que no se usa en el día a día, pero no está tan muerto tampoco, o al menos eso quiero pensar desde el sentimentalismo. Otra cosa es que siempre vemos a los padres en los ojos de los hijos, y eso es una cosa que sucede muy a menudo con el español (hijo) y el latín (padre), incluso en los defectos, ¿o ustedes creen que ese “aperturar” salió de la boca de alguna cajera de banco tukki así nada más? Es el latín manifestándose, pues el verbo “abrir” viene del latín aperire, y a pesar de que “aperturar” suene horrible, no pueden negar que se parece mucho a la forma antigua. Claro, esto no quiere decir que deba ser aceptada, al menos yo no lo aprobaría jamás porque sé que la persona horrible que inventó esa palabra no lo hizo pensando en aperire sino en “apertura”, pero lo que quiero decir con esto es que la sangre llama, así sea para cagarla, pues.

Toda esta reflexión surgió a partir de una cosa curiosísima que me pasó haciendo mi tesis (un análisis morfológico y traducción de 780+ oraciones y textos de latín a español), fue la siguiente: estuve casi dos semanas entregada a la traducción, día y noche –sin exagerar-, y sin darme cuenta ya le estaba respondiendo a la gente que me escribía por chat en latín, hasta que un día una amiga me preguntó en dónde nos reuniríamos el fin de semana y le respondí “apud Fulanito”, con lo que ella quedó, digamos, loca. ¿Apud? ¿Qué es eso? La palabra “apud” en latín es una preposición que tiene varios significados, pero el más común es “en casa de”, así que lo que quise decirle a mi amiga fue “en casa de Fulanito”. Quizás esto no les parezca gran cosa, pero desde ese día pienso que una lengua muerta entonces podría resucitarse, ¿no? Quién sabe, aunque como están los tiempos ahorita podrían volverme a mi querido latín una lengua zombie, toda fea, podrida y llena de “aperturares” por aquí y por allá, creo que la prefiero así como está, muerta, pero solo para mí, al menos en mi esfera social.

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