viernes, 10 de agosto de 2012

Mi madre, la inmigrante


Creo que no he contado muchas cosas sobre mi madre en lo que llevo de blog, y ella se merece más de un post en realidad. Los que me conocen y me han oído hablar de ella sabrán que no lo digo simplemente por lo cursis y sentimentales que nos pone hablar de nuestra madre, sino porque la mía es algo, digamos, especial. Mi madre es la mata de las ocurrencias, me ha enseñado dichos tan certeros y cómicos como “al que no ha tenido gallinas hasta la mierda le parecen huevos”, haciendo referencia a los que se deslumbran por cualquier cosa, para los que no lo hayan entendido. Y bueno, hay muchos más cómicos –y algo obscenos...- pero se merecerían un post aparte.

Mi madre es costeña, es decir, viene de un pueblito de la costa colombiana, entre Barranquilla y Cartagena. Bocatocino -qué nombrecito- es medio fantasma, es un pueblito muy olvidado, casi como Cojedes acá. Lo curioso de esto es que seguro se imaginan que se la pasa todo el día comiendo arroz y oyendo vallenato, o algún otro cliché colombiano. La verdad es que mi madre es tan colombiana como yo maracucha, y reacciona con un “mi alma” muy parecido al mío como cuando me dicen “ajá y tú seguramente te sabes muchas gaitas y comes mucho patacón, ¿no?”.

Odio la gaita, no la soporto, los gaiteros me parecen la gente más echona y ridícula del Zulia, muy pocas gaitas me gustan en realidad. Lo mismo ocurre con mi madre y el vallenato, detesta a esos tipos llorones que tan populares son en nuestro transporte público, su gusto se limita a los vallenatos de carnaval, que son realmente festivos y disfrutables, un vacilón, pues. En realidad mi madre y yo preferimos el rock, ella ama los Beatles y casi toda la música pop anglosajona que pegó en los 70-80, yo soy de un poco más acá, aunque igual disfruto un mundo la música que ella escucha. Como en mi casa nunca tuvimos televisión por cable en mi niñez, nuestra salvación eran los conciertazos que ponían en Televisa en las noches, así siempre veíamos los conciertos en blanco y negro de los Beatles y ella me decía “mira Luci, esos son los Beatles” mientras yo de 4-5 años brincaba en la cama sin parar, porque me encantaba su música. Ya después los veíamos y yo le decía “mira mami, los Beatles” y nos quedábamos como lelas viendo los mismos conciertos blanco y negro una y otra vez.

En una casa donde nunca faltó un cuatro y mi papá y mi tío son gaiteros a morir, bueno, más mi papá, mi tío es super fan de la música disco y de grupos como Air Supply y los Bee Gees (huelga decir que también puedo pasar todo el día oyendo música con él), sin embargo les gusta mucho amanecer bebiendo y tocando gaitas, y de vez en cuando me hacían víctima de sus veladas poniéndome a cantar gaitas. Como sabrán, las mujeres gaiteras suelen ser una vaina super chillona, algo muy fuera de mi registro porque soy mezzosoprano y en los coros siempre canté con las contraltos, es decir, las machas del coro. Eso lo supe después cuando salí huyendo para buscar otra forma de poder cantar que no fuera sufriendo con las malditas gaitas, pues ya medio borrachos e impertinentes solo se les ocurría decirme que yo cantaba mal porque no podía cantar como Lilia Vera. Así que bueno, por eso no me gusta la gaita, y a mi mamá tampoco por los dolores de cabeza que le daban esos viejos borrachos. Por eso cuando les digo que los gaiteros son despreciables, lo digo porque conozco a un montón de viejos de esos, amigos todos de mi papá.

Entonces sí, mi mamá me salvó de un suicidio musical, nada de vallenatos llorones ni de gaitas chillonas y espantosas, siempre me llevó por el camino del buen gusto y las melodías agradables, y eso que ni siquiera les he hablado de lo bonito que canta. Por eso, cuando algunos panas y conocidos se ponen a hablar mal de los colombianos, ni me ofendo. Mi madre sabe cómo son sus compatriotas, más de una vez la han estafado y ella misma ha dicho “por eso es que nos tienen como una basura”. Ella es todo lo contrario, no será perfecta, pero entre otras cosas, es la mata de la honestidad. Ha perdido quién sabe cuánto dinero por no engañar a ninguno de sus compradores, pero ella sabe que es lo correcto, y eso fue lo que mejor aprendí. Y aquí estamos, dos tipas que caminan con la bandera de la honestidad, aunque por eso nos tomen por pendejas y la mayoría del tiempo andemos medio pelando, pero sabemos que es lo correcto. Mientras no se metan con nuestro equipito para poder oír nuestros Beatles y toda esa música genial que nos gusta, no hay problema, al menos en buen gusto ya les ganamos y eso no se compra con nada.

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