domingo, 19 de agosto de 2012

Caracas no muerde tanto


Hoy llegué a Caracas y me recibió con un calor y un sol igualitos al de Maracaibo, lo que impidió que lograra mi pretensión de venir al lugar donde me quedaría en metro y así repetir mi primera experiencia en Caracas. 

La primera vez que vine a Caracas fue a los 18 años, durante el puente del 12 de octubre, día feriado de lo que sea, porque han cambiado tanto los feriados que de vaina el 25 de diciembre sigue siendo navidad. Recuerdo que para ese año (2008) aún se hacía el “Festival de los sueños”, un evento organizado por la Juventud PSUV para el cual traían poetas y trovadores de todas partes del mundo. En realidad el evento no me importaba mucho, sabía que se realizaba porque el año anterior, en el 2007, fui a la isla de San Carlos con unos amigos que iban para allá y yo no sabía de qué se trataba la cosa, pero la pasé muy bien porque llevaron artistas que me gustaron mucho a pesar de no conocerlos anteriormente y, por supuesto, porque todo fue a la orilla de la playa, entre la tarde y la noche. Entonces me embarco en esta aventura hacia una ciudad desconocida, llena de gente aún más desconocida, solo para conocerla un poco a ver si era tan maravillosa como contaban. El festival se desarrollaba en Galipán, un pueblito que queda en el Ávila, así que en realidad no conocí mucho de la ciudad en ese entonces además de los alrededores de Bellas Artes y el teleférico, sin embargo fue una experiencia muy interesante andar sola en el metro y contar con la ayuda de tantos desconocidos, rompiendo así los mitos de que la gente acá es muy odiosa y de que la ciudad es un monstruo gigante, o de que es muchísimo más bonita que Maracaibo. La gente no me pareció odiosa, ni la ciudad un monstruo, y con respecto a su belleza, aún me sigue pareciendo que no se puede comparar a Maracaibo. En realidad ninguna ciudad se puede comparar a ninguna, cada cual tiene su encanto y punto.

Lo cierto es que esa pequeña experiencia como mochilera fue muy enriquecedora para mí, pues me recordó que se puede confiar aunque sea un poquito en la gente todavía, pero hay que saberla escoger. Muchas personas en Galipán me ofrecieron auxilio, como no tenía para una posada una familia me ofreció un colchón en su abasto para pasar la noche, pero luego conocí a un transportista de allí que se ofreció muy amablemente a llevarme a la otra parte del pueblo, porque además de todo estaba perdida, el concierto era en San Isidro de Galipán y yo estaba en San José de Galipán. Durante el camino conversamos mucho, casualmente el señor también iba a ese evento, y al llegar nos ofrecimos sendas cervezas y luego me perdí entre el público.

Entre todas las sorpresas de la noche, una muy agradable fue conseguirme a unos conocidos de Maracaibo que iban a tocar allá, y me ofrecieron quedarme en su carpa, pero me dio un poco de vergüenza porque no los conocía mucho, así que decidí dormir en la iglesia como hizo una parte de la gente que, como yo, no había previsto el asunto de la estadía.

Al día siguiente me desayuné con un café negro que me regaló la familia que atendía el negocio donde compré las cervezas la noche anterior, los cuales accedieron a prestarme la ducha a las 7 de la mañana antes de regresarme a Maracaibo. Después de bañarme con el agua más fría con la que me he bañado hasta ahora, me tomé el café, contemplé por última vez el mar desde la montaña y tomé el jeep que me llevaría de vuelta al teleférico, donde iba también un argentino que andaba en mi misma situación, pero que iba cantando con su guitarra y enamorando a las muchachas que iban en el jeep con su hermosa voz y sus ojos grises. Disfruté mucho esa escena, igual que bajar en el teleférico a las 8am un domingo. Luego de eso me fui al terminal de La Bandera, dormí unas horas en el piso a la espera de mi bus y a las 6 de la tarde ya venía de regreso a Maracaibo.

No me gustó mucho la música que tocaron, tampoco la poesía que leyeron, pero ha sido una de las experiencias más gratificantes que he tenido en mi vida, y, aunque suene un poco cursi y demasiado entusiasta, me enseñó que no se puede ser solamente de una ciudad, sino ser un ciudadano del mundo, lo que después me terminaría de afirmar un profesor y gran amigo en la universidad. Caracas no muerde, o al menos no muy duro, igual que el resto del mundo, pero de diferentes maneras claro está. Hay que saber transitar, cuidarse de sacar las manos deliberadamente por la ventana, y si no, aprender a disfrutar los mordiscos.

2 comentarios:

  1. Caracas no muerde aunque a veces mata, ahhh no los que matan son algunos caraqueños, pero te diré la verdad, Caracas así cómo es, siempre la extraño cuando salgo de ella, es cómo una droga que aunque sabes que te está matando sigues con ella

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    1. Es así, cada vez que voy para allá y regreso a Maracaibo siento que me estoy yendo, cada día que vivo acá la extraño más, lamentablemente es lo más cercano a una ciudad que tiene este país, y digo lamentablemente por lo descuidada que la tienen, imagínate cómo estarán las cosas por acá...
      Gracias por tu comentario, qué alegría que este blog empolvado aún atraiga visitas :)

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